lunes, 7 de julio de 2008

En un princincipio o cómo nace Penélope

Todo empezó un día hace algunos años, una fatídica mañana en que la que de pronto, las decisiones largamente aplazadas tuvieron que tomarse, había que leer un simple y sencillo cuentecito y ver una simpática imagen que desencadenaría en la frágil mente una sería de recuerdos que me llevarían a pensar, ¿para que leer y escribir?, hace mucho que sé que no sirvo para ello, así me lo decían en la facultad, si entraste a estudiar aquí para ser escritora, mejor toma tus cosas y vete, aquí no se forman escritores… Largos años han pasado desde entonces, muchas lágrimas se han derramado y más aún se han quedado en la garganta en el pensar, ¿por qué yo no tengo ese privilegio?, más aún, ¿por qué yo no tengo ese derecho?, fácil, extremadamente sencillo…yo lo creía así, total y completamente convencida, nunca sería una brillante investigadora con cientos de publicaciones reconocidas; con qué poco me conformaba, con ser lo que otros querían y no lo que yo deseaba, con lo que seguramente me costaría mucho trabajo pero no me sería imposible si confiaba, o si me obligaban… y un buen día, ambas situaciones se presentaron a mi puerta, juntitas, hermosas, terribles, salvajes y plenas, ¡había que escribir! No sé cuántos pretextos y y cuántas emociones encontradas sentía, no era posible, tenía que leer y escribir, si leer un cuentito, ver una imagen, relacionarlas, analizarlas, sentirlas y luego, crear un texto propio; jamás sentí tanto miedo, impotencia y coraje, yo no servía, eso me había dicho, yo lo creía, lo sabía… Pero como la vida nunca perdona y lenta, muy lentamente te enfrenta a tus demonios, la hoja de pronto se planto tan inmensa, tan inmisericorde, tan vacía, burlándose de mi debilidad, retándome a abrir la compuerta de sentimientos, de emociones de hambre, de necesidades ocultas y de un secreto y aplazado goce de decir, es la hora, no hay mañana, no vuelta, debo enfrentarlo. Horas de angustia, de dicha y recuerdos se agolparon bajo mis manos que volaban y creaban, leía y releía, por fin lo había logrado, el monólogo interior directo emanaba de mi mente y se apoderaba de mis manos, de mi hoja de mi pasado, se convertía en mi presente…por fían entendía mi anhelado futuro. Esa era yo, podía escribir, no me importaba lo que surgía, tenía que dejarlo brotar, era finalmente después de casi 20 años de espera: libre. Tere, mi querida amiga, me escuchaba desde el teléfono, leía y escribía, platicaba, lloraba, por cada palabra plasmada, lo había exorcizado, era yo y no esa piltrafa acomplejada en la que me había convertido. Qué dulce ironía, aún no había pasado lo peor, frente a la hoja impresa una suave pero firme voz me decía, ahora comparte tu escrito a tus compañeros y escucha sus comentarios, agonía, terror y nerviosismo se agolpaban, no era posible, escribir era algo, pero permitir que vieran mi completa desnudez, era la muerte…tras temblorosas palabras y muchas lágrimas las palabras fluyeron, era la vida, era el precio de la libertad, podía y tenía que enfrentarlo. Hoy, 3 años más tarde, bendigo la catarsis que me dio la posibilidad de alcanzar mundos insospechados, soy duela de mis pensamientos, soy libre de expresarlos, de darlos a luz, de amor y dejarlos partir sin importarme que otros me vean, me lean, me juzguen y/o interpreten, soy yo, antes de la escritura, me construyo en cada palabra, soy dueña de mi destino, existo por que escribo y escribo por que existo.
Este es el cuento que dió origen a todo:
La tela de Penélope o quién engaña a quién Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo. De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada. 

Y yo lo narro de la siguiente manera: https://youtu.be/Gzs20wiehZ4



[1] Augusto Monterroso, en La oveja negra y demás fábulas. México, Era, 1994, p. 21.


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