jueves, 23 de enero de 2014

Lágrimas por un ángel (17 años después)


Lágrimas por un ángel
(17 años después)
Beatriz Mireya García Guillén.

Han pasado casi 17 años y cada vez que la fecha se acerca tu ánimo disminuye y sabes que pasarás por momentos de incertidumbre, nunca pudiste ver su rostro y menos tocar sus manos o acunar su pequeño cuerpo, ¿Qué es entonces lo que te atormenta incesantemente? No existe imagen, no hay olor, nada queda; de forma maquinal revisas por enésima vez ese viejo escrito tuyo que tanto dolor te ha causado y finalmente decides que ha llegado el momento de trabajar en él sin que te destruya el alma; te diriges a la computadora y dejas que fluya como un caudal desbordado tus emociones.

Enero 2006

Amigo Freud: en tu cobardía traes al papel el personaje de ficción que tantas veces te ha hecho escribir, continúas, has empezado, parece que ya nada habrá de detenerte.

Te has preguntado alguna vez ¿cuántas gotas contiene el océano?, yo no, simplemente piensas en las gotas saladas que lentamente resbalan por tus mejillas dejando surcos ardientes de pesar cuando te has enfrentado a épicas batallas contigo misma; ese caudal salado que al derramarse continuamente va llenando el lecho del mar, te detienes y por un instante evocas ¿Cuántas lágrimas brotaron de tus ojos ante cíclicas heridas que al transcurso de los años no acaban de cerrarse en tanto contribuyen a agrandar esta inmensidad doliente que te cercena el alma? Dejas por un momento la escritura y con una melancólica sonrisa vuelves a tu trabajo, es la primera vez que respiras tranquila y tecleas:

-Mi querido psicoanalista... si algún día tu Penélope tuvo que enfrentarse al más terrible de sus temores y de sus dolores, es precisamente este día, más bien ésta noche; hoy no hablará la paciente Penélope que espera a Ulises, ni la que astutamente engaña a los pretendientes tejiendo y destejiendo; en esta ocasión no saldrá la Penélope de zapatitos de charol de Serrat, ni la que se inconforma por las injusticias de género, ¡no…! ¿acaso lo que observo en tu rostro es ironía?

-Permite que me acomode en el diván y frente a este inmenso cielo cuajado de estrellas sonrientes te narre la Penélope madre, continúas, aquella que finalmente ha reunido el valor de sentirse capaz de derramar todas y cada una de las perlas que conforman su corazón desbaratado, esas que contenidas finalmente le permitirán contarte lo más vulnerable de su historia…

-Escucha con atención por favor, antes de que la cobardía se apodere de mí; levantas la mano mientras me observas,  -Penélope, me dices con voz, suave y pausada,  -debes calmarte;  por favor no me detengas, no ahora que te encuentras sosteniendo firmemente la punta del lazo que te conduce al fondo del laberinto de tu Yo más íntimo; -no te precipites, escuchas,  -recuerda a Ariadna frente al Minotauro; tu corazón late haciendo patente su emoción, sabes inevitablemente que te diriges al interior de tu laberinto, para enfrentar su centro; asientas con la cabeza, le sonríes y te preparas: el duelo larga y silenciosamente vivido al entregar a la eternidad una estrella más, está claramente frente a ti pugnando por salir desde lo más hondo.

Pero -shhh, calla, aún la puerta no cede del todo; mientras tus manos tiemblan
únicamente gira incesante en tu mente la pregunta que te taladra hasta que por fin se desborda: -¿En las pérdidas y duelo es privilegio de género tener oportunidad de llorar y expresarnos? o ¿Es cuando como pareja, un hombre y una mujer sentimos que el mutuo dolor que nos acompaña nos funde en uno solo y desamparado?

Nuevamente sonríes mientras me observas y levantas el lápiz entre tus manos para acercarlo primero a tus labios en actitud taciturna y respondes: 

- Aunque haría un largo tratado del dolor compartido ante la pérdida en pareja, sabes que cada uno siente en forma diferente; pero es esa conciencia del dolor el que los une y los hace indivisibles; sin embargo tras todos estos años, sabes que el privilegio de la escritura de género te ha llevado a intentar analizar la forma en  que como mujer percibes que tus manos tiemblan y, las lágrimas escurren mientras enfrentas al dilema de saber si serás capaz de hablar tanatológicamente de tu pérdida; no me mires con esa cara de estás enredando el tema y déjame seguir, me pides-.

Mientras escuchas sus palabras se agolpan, los recuerdos fluyen y no puedes cristalizarlos, el dolor es inmenso, surge la disyuntiva que te ha traído a este diván: Ahora dime: -¿Puedes como mujer y madre apartar la inmensa alegría y la dicha de saber que tienes y vives por y para amar a tus hijos o únicamente quieres sentarte una vez cada año y contemplar que una parte de tu alma se quedó estacionada un día entre la felicidad inmensa y el dolor de aquel que sabes que nunca pudo llegar?

Tu corazón grita que debes seguir por la vida un poco con el estigma de amar sin poder olvidar a quien no alcanzó a nacer  o únicamente elegir vivir por lo que amas. Ahora lo comprendes, has abierto por fin la puerta, aquella que conduce a desnudar el alma mientras agudizas al máximo todos los sentidos ante el hijo no nacido, frente a ese dolor, cada vez más inmenso cuando no logras aullar, cuando no lo gritas, cuando te corroe el alma y lo callas para olvidarlo en un juego de espejos que refleja la vida de día y los recuerdos en los sueños noche a noche hasta que su imagen se presente en la cara de mil posibilidades y recuerdes el día de su partida como un largo silencio que finalmente tu alma ya no calla.

Volteas y observas el impasible reloj que se encuentra en su escritorio, escuchas el movimiento imperceptible del péndulo y dices:

-Mi querido Freud, deja a un lado la taza de café y con esa mal disimulada cara de inquietud, explícame la razón que produce el profundo dolor que taladra a toda Penélope cuando ante el rol de madre enfrenta la desesperanza de ver desprendida de sus entrañas su alma misma,  al saber que un ser suyo se vuelve ángel antes de ver la luz… -dime amigo si es acaso la supremacía del instinto o la cultura un simple dolor de ser mujer en un mundo que no respeta géneros, es el que te arrancará más lamentos que el saber que no conocerás su cara, ni tocarás sus manos, ni oirás su risa.

Ha pasado diciembre una vez más, otro aniversario se cumple en fatídica fecha. Penélope recuerda aquella voz que se asoma desde la lejanía y afirma que estadísticamente cada madre pierde al menos un hijo en su vida por causas desconocidas, naturales, irreconciliables, y agrega con inmensa buena fe: “recuerda que ya tienes uno y pensábamos que ni uno podrías tener” ¿Acaso el dolor de no conocerle se atenúa ante esta premisa?, palabras vanas cuando la estocada final cae y escuchas: -ya no se mueve, ¿esperamos a que por vía natural sea expulsado o procedemos a sacarlo? la decisión es tuya, pero el dolor y la angustia también…

-Vamos Sigmund, a esto no lo llamo causas naturales, es más bien la rabia contenida, el dolor desbordado, llanto inacabado que ante el duelo no tenido, aparece fielmente en tus sueños recordando un sentimiento escondido, cuando finalmente hoy, en el diván y con los ojos hinchados, en ejercicio de escritura grito: ¡amaba profundamente ese ser que no acuné y nunca vi, pero que por algún tiempo fue parte mía, ese ser plenamente amado, deseado, y nunca olvidado.

-Dime amigo,  ¿pueden los ángeles visitar los sueños de esas madres para ser abrazados y besados? o simplemente escaparon al infinito para aumentar el inmenso número de estrellas que alumbran en la oscuridad su camino, de tal forma que con cada titilar dejen caer la mejor de sus sonrisas y nunca llegué el olvido.

Finalmente escribes al calce de la hoja, mientras te observas, ya serena, al espejo: In memorian de tal vez una bella y nunca vista María. Lágrimas por un ángel.

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