Lágrimas por un ángel
(17 años después)
Beatriz Mireya García Guillén.
Han pasado casi 17 años y cada vez que la fecha se acerca
tu ánimo disminuye y sabes que pasarás por momentos de incertidumbre, nunca
pudiste ver su rostro y menos tocar sus manos o acunar su pequeño cuerpo, ¿Qué
es entonces lo que te atormenta incesantemente? No existe imagen, no hay olor,
nada queda; de forma maquinal revisas por enésima vez ese viejo escrito tuyo
que tanto dolor te ha causado y finalmente decides que ha llegado el momento de
trabajar en él sin que te destruya el alma; te diriges a la computadora y dejas
que fluya como un caudal desbordado tus emociones.
Enero 2006
Amigo Freud: en tu
cobardía traes al papel el personaje de ficción que tantas veces te ha hecho
escribir, continúas, has empezado, parece que ya nada habrá de detenerte.
Te has preguntado alguna vez ¿cuántas gotas contiene el
océano?, yo no, simplemente piensas en las gotas saladas que lentamente
resbalan por tus mejillas dejando surcos ardientes de pesar cuando te has
enfrentado a épicas batallas contigo misma; ese caudal salado que al derramarse
continuamente va llenando el lecho del mar, te detienes y por un instante
evocas ¿Cuántas lágrimas brotaron de tus ojos ante cíclicas heridas que al
transcurso de los años no acaban de cerrarse en tanto contribuyen a agrandar esta
inmensidad doliente que te cercena el alma? Dejas por un momento la escritura y
con una melancólica sonrisa vuelves a tu trabajo, es la primera vez que
respiras tranquila y tecleas:
-Mi querido psicoanalista... si algún día tu Penélope
tuvo que enfrentarse al más terrible de sus temores y de sus dolores, es
precisamente este día, más bien ésta noche; hoy no hablará la paciente Penélope
que espera a Ulises, ni la que astutamente engaña a los pretendientes tejiendo
y destejiendo; en esta ocasión no saldrá la Penélope de zapatitos de charol de
Serrat, ni la que se inconforma por las injusticias de género, ¡no…! ¿acaso lo
que observo en tu rostro es ironía?
-Permite que me acomode en el diván y frente a este
inmenso cielo cuajado de estrellas sonrientes te narre la Penélope madre, continúas,
aquella que finalmente ha reunido el valor de sentirse capaz de derramar todas
y cada una de las perlas que conforman su corazón desbaratado, esas que
contenidas finalmente le permitirán contarte lo más vulnerable de su historia…
-Escucha con atención por favor, antes de que la cobardía
se apodere de mí; levantas la mano mientras me observas, -Penélope, me dices con voz, suave y
pausada, -debes calmarte; por favor no me detengas, no ahora que te
encuentras sosteniendo firmemente la punta del lazo que te conduce al fondo del
laberinto de tu Yo más íntimo; -no te precipites, escuchas, -recuerda a Ariadna frente al Minotauro; tu
corazón late haciendo patente su emoción, sabes inevitablemente que te diriges
al interior de tu laberinto, para enfrentar su centro; asientas con la cabeza, le
sonríes y te preparas: el duelo larga y silenciosamente vivido al entregar a la
eternidad una estrella más, está claramente frente a ti pugnando por salir
desde lo más hondo.
Pero -shhh, calla, aún la puerta no
cede del todo; mientras tus manos tiemblan
únicamente gira incesante en tu mente la pregunta que te
taladra hasta que por fin se desborda: -¿En las pérdidas y duelo es privilegio
de género tener oportunidad de llorar y expresarnos? o ¿Es cuando como pareja,
un hombre y una mujer sentimos que el mutuo dolor que nos acompaña nos funde en
uno solo y desamparado?
Nuevamente sonríes mientras me observas y levantas el
lápiz entre tus manos para acercarlo primero a tus labios en actitud taciturna
y respondes:
- Aunque haría un largo tratado del dolor compartido ante
la pérdida en pareja, sabes que cada uno siente en forma diferente; pero es esa
conciencia del dolor el que los une y los hace indivisibles; sin embargo tras
todos estos años, sabes que el privilegio de la escritura de género te ha
llevado a intentar analizar la forma en que como mujer percibes que tus manos tiemblan
y, las lágrimas escurren mientras enfrentas al dilema de saber si serás capaz
de hablar tanatológicamente de tu pérdida; no me mires con esa cara de estás enredando
el tema y déjame seguir, me pides-.
Mientras escuchas sus palabras se agolpan, los recuerdos
fluyen y no puedes cristalizarlos, el dolor es inmenso, surge la disyuntiva que
te ha traído a este diván: Ahora dime: -¿Puedes como mujer y madre apartar la inmensa
alegría y la dicha de saber que tienes y vives por y para amar a tus hijos o únicamente
quieres sentarte una vez cada año y contemplar que una parte de tu alma se
quedó estacionada un día entre la felicidad inmensa y el dolor de aquel que
sabes que nunca pudo llegar?
Tu corazón grita que debes seguir por la vida un poco con
el estigma de amar sin poder olvidar a quien no alcanzó a nacer o únicamente elegir vivir por lo que amas. Ahora
lo comprendes, has abierto por fin la puerta, aquella que conduce a desnudar el
alma mientras agudizas al máximo todos los sentidos ante el hijo no nacido,
frente a ese dolor, cada vez más inmenso cuando no logras aullar, cuando no lo
gritas, cuando te corroe el alma y lo callas para olvidarlo en un juego de
espejos que refleja la vida de día y los recuerdos en los sueños noche a noche
hasta que su imagen se presente en la cara de mil posibilidades y recuerdes el
día de su partida como un largo silencio que finalmente tu alma ya no calla.
Volteas y observas el impasible reloj que se encuentra en
su escritorio, escuchas el movimiento imperceptible del péndulo y dices:
-Mi querido Freud, deja a un lado la taza de café y con
esa mal disimulada cara de inquietud, explícame la razón que produce el
profundo dolor que taladra a toda Penélope cuando ante el rol de madre enfrenta
la desesperanza de ver desprendida de sus entrañas su alma misma, al saber que un ser suyo se vuelve ángel
antes de ver la luz… -dime amigo si es acaso la supremacía del instinto o la
cultura un simple dolor de ser mujer en un mundo que no respeta géneros, es el
que te arrancará más lamentos que el saber que no conocerás su cara, ni tocarás
sus manos, ni oirás su risa.
Ha pasado diciembre una vez más, otro aniversario se
cumple en fatídica fecha. Penélope recuerda aquella voz que se asoma desde la
lejanía y afirma que estadísticamente cada madre pierde al menos un hijo en su
vida por causas desconocidas, naturales, irreconciliables, y agrega con inmensa
buena fe: “recuerda que ya tienes uno y pensábamos que ni uno podrías tener” ¿Acaso
el dolor de no conocerle se atenúa ante esta premisa?, palabras vanas cuando la
estocada final cae y escuchas: -ya no se mueve, ¿esperamos a que por vía
natural sea expulsado o procedemos a sacarlo? la decisión es tuya, pero el
dolor y la angustia también…
-Vamos Sigmund, a esto no lo llamo causas naturales, es
más bien la rabia contenida, el dolor desbordado, llanto inacabado que ante el
duelo no tenido, aparece fielmente en tus sueños recordando un sentimiento
escondido, cuando finalmente hoy, en el diván y con los ojos hinchados, en
ejercicio de escritura grito: ¡amaba profundamente ese ser que no acuné y nunca
vi, pero que por algún tiempo fue parte mía, ese ser plenamente amado, deseado,
y nunca olvidado.
-Dime amigo, ¿pueden
los ángeles visitar los sueños de esas madres para ser abrazados y besados? o
simplemente escaparon al infinito para aumentar el inmenso número de estrellas
que alumbran en la oscuridad su camino, de tal forma que con cada titilar dejen
caer la mejor de sus sonrisas y nunca llegué el olvido.
Finalmente escribes al calce de la hoja, mientras te
observas, ya serena, al espejo: In
memorian de tal vez una bella y nunca vista María. Lágrimas por un ángel.
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